Antes de entrar a clase de 4° B, se me acercan Lucía, Gabriela y Ollana, blandiendo unas tiras de boletos amarillos para un sorteo. Imagino lo que me van a plantear.
Como siempre, o casi siempre, Lucía toma la palabra y me dice mientras golpea nerviosa los boletos de una mano a otra:
– Antonio, ¿nos compras unos boletos para un sorteo?
-¿Cuanto cuestan?
– Un euro cada boleto.
– Si me decís la probabilidad de que me toque, os compro.

Lucía que es una chica lista, aunque ella no se lo cree, me contesta con rapidez.
– ¿Cuántos nos comprarías?
– Tres.
– Como tenemos que vender  300 boletos con diez números cada uno. La probabilidad es 30 de 3.000.
– Pero dímelo en tanto por uno.
– Uno de cada 100.
– Con esa probabilidad, ¿creéis que debo comprarlos?
– Sí profe, porque es para una actividad que si no sacamos el dinero no la podemos hacer.
– Ya, pero yo soy de mates. Vamos para adentro, al acabar la clase hablamos.

Me voy al recreo con la cartera algo más gruesa. No me tocará, pero esas sonrisas merecían la pena.